miércoles, 15 de mayo de 2013

Rousseau. Confesiones XII



-impune de los brazos de la paduana; el

mismo médico no logró tranquilizarme sino con gran trabajo, persuadiéndome de que

estaba conformado de un modo particular que hacía muy difícil que pudiese quedar

infestado; ¿quiere decir que tenia el prepucio muy cerrado?

 
-Aventura amorosa con la morena italiana Zulietta en la góndola.

 
-la Naturaleza no me ha hecho

para gozar; ha colocado en mi mala cabeza el veneno de esta felicidad inefable, cuyo

apetito depositó en mi corazón.(196)

 
-Jamás había creído que sin respeto y estimación se hubiera

podido sentir nada semejante a lo que ella me hizo experimentar. Así que desde las

primeras familiaridades hube conocido el precio de sus gracias y de sus caricias, cuando,

por miedo de perder el fruto, de antemano quise apresurarme a cogerlo; mas de repente, en

vez del fuego que me devoraba, sentí un frío mortal que me recorría todas las venas; las

piernas me flaqueaban, y, sintiéndome desfallecer, empecé a llorar como un niño.

¡Quién fuera capaz de adivinar la causa de mis lágrimas y lo que en aquel instante pasaba

por mi mente!(196)

 
-Yo me decía: este ser que está a mi disposición es la obra maestra de la Naturaleza y del

amor; el espíritu y el cuerpo son perfectos; es tan buena y generosa como amable y bella:

los grandes y los príncipes deberían ser esclavos suyos y a sus pies deberían rendirse los

cetros. Sin embargo, es una miserable cortesana, entregada al público; un capitán mercante

dispone de ella y viene por sí misma a entregarse a mí, sabiendo que nada poseo; a mí, cuyo

mérito, que ella es incapaz de conocer, es nulo a sus ojos. Hay en esto algo de

incomprensible: o mi corazón me engaña, fascina mis sentidos y me convierte en juguete de

una indigna ramera o es fuerza que algún secreto defecto, que yo ignoro, destruya el efecto

del embeleso y la haga odiosa a los que deberían disputársela. Entonces me apliqué a

buscar este defecto, dominado por una lucha interna singular, y ni siquiera se me ocurrió la

idea de que el gálico pudiese tomar parte en ello. La frescura de sus carnes, el brillo de su

tez, la blancura de sus dientes, la suavidad de su aliento, la pulcritud de toda su persona,

alejaban de mí esta idea tan completamente, que, conservando aún alguna duda sobre el

estado de mi salud desde la paduana, hasta sentía el temor de no hallarme bastante sano

para ella; y estoy bien persuadido de que en este punto mi confianza no me engañaba.

Estas reflexiones tan oportunamente sugeridas me conmovieron hasta el punto de hacerme

llorar. Zulietta, para quien era esto un espectáculo nuevo en semejantes circunstancias,

quedó cortada por un momento; mas, habiendo dado una vuelta por el cuarto y pasado por

delante del espejo, comprendió y mis ojos le confirmaron que no era el desagrado la causa

de semejante fiasco, de que no le fue difícil curarme y borrar esta nimia vergüenza(197)

 

Estas reflexiones tan oportunamente sugeridas me conmovieron hasta el punto de hacerme

llorar. Zulietta, para quien era esto un espectáculo nuevo en semejantes circunstancias,

quedó cortada por un momento; mas, habiendo dado una vuelta por el cuarto y pasado por

delante del espejo, comprendió y mis ojos le confirmaron que no era el desagrado la causa

de semejante fiasco, de que no le fue difícil curarme y borrar esta nimia vergüenza; mas en

el momento en que estaba próximo a desfallecer sobre aquel seno, que parecía recibir por

vez primera la boca y la mano de un hombre, observé que le faltaba un pezón. Sorprendí,

examiné y creí que no estaba formado como el otro. Echéme a buscar en mi mente cómo

podía ser eso, y, persuadido de que era debido a un vicio de la Naturaleza, a fuerza de dar

vueltas a esta idea, vi claro como la luz del día que, en la persona de la más encantadora

muchacha que pudiese imaginar, no tenía en mis brazos más que una especie de monstruo,

desecho de la Naturaleza, de los hombres y del amor. Llevé mi estupidez basta el extremo

de hablarle de este pecho defectuoso. Al principio, ella lo tomó a broma, y, con su carácter

bullicioso, dijo e hizo cosas capaces de hacerme morir de amor; mas como yo conservaba

un fondo de inquietud, que no pude ocultarle, vi al fin encenderse su rostro, abrocharse de

nuevo, levantarse, y sin decir palabra ir a asomarse a la ventana. Yo quise colocarme a su

lado; ella se apartó, yendo a sentarse sobre un canapé, levantándose en seguida; y,

paseándose por la estancia, abanicándose, me dijo en tono frío y desdeñoso: Zanetto, Lascia

le donne, e studia la matemática(197)

Carrió era galanteador; fastidiado de no

tratar más que con muchachas que pertenecían a otros, tuvo cl capricho de tener una

también; y, como éramos inseparables, me propuso el arreglo, en Venecia nada raro, de

tomarla para los dos.(197)

 

 

buscó que al fin desenterró una niña de once a doce años, a quien su indigna madre quería

vender. Fuimos a verla juntos; mis entrañas se conmovieron viendo aquella criatura; era

rubia y dulce como un cordero; nadie la hubiera tomado por italiana. En Venecia se vive

barato; dimos algún dinero a la madre y nos encargamos de la manutención de la hija, y,

teniendo ésta buena voz, a fin de procurarle un recurso para vivir, dímosle una espineta y

un maestro de canto. Apenas nos costaba todo esto dos zequíes mensuales a cada uno; mas,

como era preciso aguardar a que estuviese desarrollada, era sembrar mucho antes de

recoger. Sin embargo, satisfechos con ir allí a pasar las veladas, hablando y jugando muy

inocentemente con esta niña, nos divertíamos quizá más gratamente que si la hubiésemos

poseído; tan cierto es que lo que más nos atrae hacia las mujeres es más que la

incontinencia cierto placer que se experimenta viviendo con ellas. Insensiblemente iba

amando a la pequeña Anzoletta, pero con un cariño paternal, en que tan poca parte tenían

los sentidos que a medida que iba aumentando me hubiera sido menos posible que se

dejaran sentir; y yo conocía que me hubiera horrorizado gozar de aquella niña, llegada su

edad núbil, como de un incesto abominable, y vi que los sentimientos del buen Carrió, sin

que él lo echara de ver, seguían el mismo camino. Así nos proporcionamos naturalmente

placeres no menos dulces, aunque muy diferentes de los que nos propusimos al principio; y

estoy cierto de que por más hermosa que hubiese podido llegar a ser a3ue-lla pobre criatura,

lejos de ser jamás los corruptores de su inocencia, habríamos sido sus protectores. La

catástrofe que me ocurrió poco tiempo después de eso no me dejó el necesario para tomar

parte en esta buena obra, y no puedo envanecerme en este asunto más que de la inclinación

de mi alma. Volvamos a mi viaje.(198)

 

Había conocido en Venecia a un vizcaíno amigo de mi querido Carrió, y digno

de serlo de todo hombre de bien. Este amable joven, nacido para poseer todos los talentos y

todas las virtudes, acababa de recorrer Italia para adquirir el gusto de las bellas artes; y,

pareciéndole que nada más tenía que adquirir, quería volverse directamente a su patria. Yo

le dije que las artes no eran más que un descanso para un ingenio como el suyo, apto para el

cultivo de las ciencias, y le aconsejé que para aficionarse a ellas fuese a vivir seis meses en

París. Me creyó y fue allá, donde me esperaba cuando llegué. Su habitación era sobrado

grande para él y me ofreció la mitad, que acepté. Halléle en el fervor de los grandes

conocimientos. Nada estaba fuera de su alcance; todo lo devoraba y digería con prodigiosa

rapidez. ¡Cuánto me agradeció haber procurado este alimento a su espíritu, atormentado por

la necesidad de saber sin que lo sospechase él mismo! ¡ Qué tesoro de luces y de virtudes

encontré en esta alma de temple fuerte! Conocí que era el amigo que me convenía, y

llegamos a ser íntimos. Nuestros gustos no eran iguales, siempre estabamos disputando;

tercos ambos, jamás estábamos acordes en punto alguno, y, sin embargo, no podíamos

separarnos; y, mientras sin cesar nos hacíamos la oposición, ninguno de los dos hubiera

querido que el otro fuese de distinta manera.(200)

 

Ignacio Manuel de Altuna era uno de esos hombres raros que sólo produce España, aunque

demasiado pocos para su gloria. No tenía esas pasiones violentas nacionales, comunes en su

país; la idea de la venganza no podía entrar en su mente, como tampoco podía tener cabida

en su corazón el deseo de la misma. Era demasiado altivo para ser vengativo, y le he oído

decir muchas veces con la mayor sangre fría que ningún mortal podía inferir una ofensa a

su alma. Era galante sin ser tierno; jugaba con las mujeres como si fuesen lindas criaturas.

Se divertía con las queridas de sus amigos, mas nunca le vi tener ninguna ni desearla

tampoco. El fuego de la virtud que alimentaba su corazón no permitió nunca que brotara el

de sus sentidos.

Acabados sus viajes, se casó; murió joven dejando hijos, y estoy persuadido como de mi

propia existencia de q

ue su mujer fue la primera y la única que le hizo conocer los placeres

del amor. En lo exterior era devoto a la española, mas en su interior tenía la piedad de un

ángel.(201)

 

llevado hasta la minuciosidad. De antemano fijaba la distribución del día por horas, cuartos

le hora y minutos, y seguía esta distribución tan escrupulosamente que, si hubiese dado la

hora en el momento en que estaba leyendo una frase, hubiera cerrado el libro sin acabarla.(201) A la vuelta de algunos años debía yo pasar a Azcoitia para vivir

con él en sus tierras.

 

Diríase que sólo logran buen resultado los miserables complots de los malvados; los

inocentes proyectos de los buenos casi nunca se cumplen.(202)

Teresa Le Vasseur, era de buena familia, hija de un oficial de la fábrica de

moneda de Orleáns y de una tendera, los cuales tenían muchos hijos. No funcionando ya la

casa de moneda de Orleáns(202)

 

“Virginidad -exclamé-, ¿se puede buscar en

París a los veinte años? ¡Ah, Teresa mía, ya soy harto afortunado poseyéndote prudente tal

cual eres, y sana, aunque no halle lo que no buscaba!”(203)

 

 

Al principio, me propuse formar su inteligencia, mas fue tiempo perdido. Su capacidad era

lo que la Naturaleza la había hecho; el cultivo y el trabajo no le servían de nada. No me

avergüenzo de confesar que nunca ha sabido leer bien, a pesar de que escribe regularmente.

Cuando fui a vivir en la calle Neuvedes-Petits-Champs en la fonda de Pontchartrain, frente

a mis ventanas había un cuadrante en el cual me esforcé durante más de un mes en hacerle

conocer las horas; hoy día apenas las conoce. Jamás ha podido seguir el orden de los meses

del año, y no conoce una sola cifra, no obstante todo el cuidado que he puesto para

enseñárselas. No sabe contar el dinero ni el precio de nada. La palabra que se le ocurría

hablando, era a menudo la opuesta a lo que quería expresar. Tiempo atrás hice un

diccionario de sus frases para divertir a la señora de Luxembourg, y sus quid pro quos han

sido célebres en las reuniones que he frecuentado. Sin embargo, esta persona tan limitada, y

si se quiere tan estúpida, razona de un modo excelente en las ocasiones difíciles. A menudo

en Suiza, en Inglaterra, en Francia, en las catástrofes que he sufrido, ella ha visto lo que yo

mismo no veía; me ha dado los mejores consejos, me ha sacado de peligros en que yo

ciegamente me precipitaba(203)

Personas de

reconocida integridad colocadas en situaciones difíciles, maridos engañados> mujeres

seducidas, partos clandestinos, he aquí los asuntos más comunes; y el que más enriquecía la

Casa de Expósitos era siempre el más aplaudido. Esto me sedujo; formé mi modo de pensar

conforme a lo que veía ser corriente entre personas tan amables, y muy buenos sujetos en el

fondo, diciéndome: “Ya que son éstas las costumbres del país, cuando se vive en él bien

pueden seguirse”. He aquí la salida que yo necesitaba, y me resolví a seguirla

gallardamente sin el menor escrúpulo; y el único que tuve que vencer fue el de Teresa, por

quien me vi en los mayores apuros para hacerle adoptar este medio, único de salvar su

honor. Su madre, que temía además una nueva invasión de chiquillos, vino a apoyarme, y

entonces se dejó convencer. Buscóse una comadrona prudente y segura, llamada la señorita

Gouin, que vivía en la esquina de San Eustaquio, para confiarle este secreto, y, llegada la

ocasión, Teresa fue acompañada por su madre a casa de la Gouin para dar a luz. Yo fui

varias veces a verla. Le llevé una cifra que hice por duplicado en dos tarjetas, y se puso una

en las mantillas del niño, que fue depositado por la comadrona en la Casa de Expósitos, del

modo acostumbrado- Al año siguiente, vuelta a lo mismo, menos la señal, que fue olvidada.

Ya no fue preciso ninguna reflexión de mi parte, ni el asentimiento de su madre: Teresa

obedecía, si bien con dolor. Sucesivamente se verán todas las vicisitudes que esta conducta

fatal ha producido en mi modo de pensar, así como en mi destino. Entre tanto atengámonos

a esta primera época, pues sus consecuencias, tan crueles como imprevistas, me obligarán(211)

 

Bellegarde, que fue a poco condesa de Houdetot. La primera vez que la vi era la víspera de

su casamiento; estuvo hablándome largo rato con esa encantadora familiaridad que le es

natural. Yo la encontré muy amable; pero estaba bien lejos de prever que esta joven sería

algún día el árbitro de mi destino, y me arrastraría, aunque inocentemente, al abismo donde

yazgo ahora(212)

 

LIBRO OCTAVO (1749)

Me sirve la

memoria mientras de ella me fío, pero, desde el momento en que confío el recuerdo al

papel, me abandona, y cuando escribo una cosa no la recuerdo ya más. Esto me sucede

también con la música. Antes de aprenderla, sabía de memoria innumerables canciones,

mas tan luego como supe cantar con el papel delante, no he podido retener ninguna; y dudo

mucho que pudiese recitar una completa aun de las que más me han gustado.(215)

 

Lo que recuerdo muy claramente en el caso presente es que, al llegar a Vincennes, me

hallaba presa de una agitación que parecía un delirio. Diderot lo notó: le expliqué la causa y

le leí la Prosopopeya de Fabricio, escrita con lápiz debajo de una encina. Me exhortó a dar

libre vuelo a mis ideas y a concurrir al certamen. Así lo hice, y desde ese momento me

perdí. Todo el resto de mí vida y de mis desdichas fue el inevitable efecto de este momento

de extravío(215)

 

Mis sentimientos se acomodaron con una rapidez inconcebible al tono de mis ideas. El

entusiasmo por la verdad, la libertad y la virtud ahogó todas mis pequeñas pasiones; y lo

mas sorprendente es que esta efervescencia subsistió en mi corazón durante más de cuatro o

cinco años, llegando a tan alto grado como jamás haya existido en otro corazón humano.

Escribí este discurso de modo muy singular, que casi siempre be seguido en todas mis

demás obras. Le consagraba los insomnios de mis noches. Meditaba en el lecho con los

ojos cerrados, y volvía y revolvía los períodos en mí mente con inexplicable dificultad;

luego, cuando quedaba satisfecho de ellos, los conservaba en mi memoria hasta que pudiese

trasladarlos al papel; pero al tiempo de levantarme y vestirme, todo se me olvidaba y,

cuando me había colocado frente al papel, no recordaba nada de lo que había compuesto.

Ocurrióseme tomar por secretario a la señora Le Vasseur. La había alojado con su hija y su

marido más cerca de mí, y venía a mi casa todas las mañanas, para ahorrarme un criado, a

encender lumbre y hacerme la comida. A su llegada, desde la cama le dictaba el trabajo de

la noche; y este sistema, que he seguido durante mucho tiempo, me ha evitado muchos

descuidos (215)

 

Los que, en una carta que han querido atribuirme, me han hecho decir

que no había reído más que dos veces en mi vida, no me conocieron en aquel tiempo, ni en

mi juventud; pues seguramente no se les hubiera ocurrido semejante idea.(218)

 

acabó de fermentar en mi corazón esta

primera levadura de heroísmo y de virtud que mi padre, mi patria y Plutarco habían

depositado en él. Nada me pareció tan grande y bello como el ser libre, virtuoso, superior a

la fortuna y a la opinión, y bastarse a sí mismo.(218)

Mi tercer hijo fue también entregado a la inclusa, así como los dos siguientes, pues en total

fueron cinco los que tuve. Este proceder me pareció tan bueno, tan sensato, tan legítimo,

que, si no me jactaba de ello, sólo fue por respeto a la madre; pero lo dije a todos los que

conocían nuestras relaciones; se lo revelé a Diderot, a Grimm, posteriormente a la señora de

Épinay, a la de Luxembourg, y esto libre y francamente, sin ninguna necesidad y pudiendo

ocultarlo fácilmente, a todo el mundo; pues la Gouin era una buena mujer muy discreta y

con la cual podía contar con toda confianza. El único amigo con quien tuve interés en

franquearme fue el médico Thierry, que cuidó a mi pobre tía en uno de sus partos, que fue

muy dificultoso; en una palabra, mi conducta nunca fue misteriosa, no solamente porque

nunca he sabido ocultar nada a mis amigos, sino porque efectivamente no veía en ello

ningún mal. Bien considerado todo, escogí para mis hijos lo mejor o lo que creí ser mejor.

Yo hubiera querido y quisiera todavía haber sido criado y educado como lo han sido ellos.

 

efecto sino ponerme en ridículo, y empezaron

por desprestigiarme para difamarme después. Más que mi celebridad literaria, fue mi

reforma personal, que data de esa época, lo que me atrajo sus celos; tal vez me habrían

perdonado que brillara en el arte de escribir; mas no pudieron perdonarme que diera con mi

conducta un ejemplo que parecía importunarles. Yo había nacido para la amistad; mi

carácter comunicativo y dulce la mantenía sin trabajo. Mientras viví ignorado del público,

fui querido de cuantos me conocieron, y no tuve un solo enemigo; mas tan luego como tuve

un nombre, perdí todos los amigos. fue un gran infortunio; pero mucho más grande fue

todavía el yerme rodeado de gentes que tomaban este nombre, y que no emplearon el

derecho que les daba sino para arrastrarme a mi perdición. La continuación de estas

Memorias desenvolverá esta odiosa trama; aquí no manifiesto más que su origen; pronto se

verá formarse el primer nudo(222)

 

acallando la voz de la vanidad, de cajero de un asentista

pasé a ser copista de música. Creí haber ganado mucho con esta elección; y tan cierto es

que no me he arrepentido, que no la he dejado sino por necesidad y con el propósito de

volver a ella en cuanto pueda.(222)

 

Empecé la reforma por mi traje; me quité el oropel y las medias blancas; adopté una peluca

sencilla; dejé la espada; vendí mi reloj, diciendo para mis adentros con increíble

satisfacción: gracias al cielo, ya no tendré necesidad de saber qué hora es. El señor de

Francueil tuvo la amabilidad de esperar todavía mucho tiempo antes de nombrar a otro

cajero; mas al fin, viendo que mi resolución era irrevocable, puso en mi lugar al señor de

Alibard, antiguo preceptor del joven Chenonceaux, y conocido en la Botánica por su Flora

parísiensis.(223)

 

La víspera de Navidad, mientras las mujeres estaban en vísperas y yo me

hallaba en el concierto espiritual, forzaron la puerta de un granero, donde estaba tendida

toda nuestra ropa blanca, después de una colada que se acababa de hacer. Todo lo robaron,

y, entre otras, cuarenta y dos camisas mías de hilo muy fino que constituían lo mejor de mi

ropa blanca.(223)

 

Esta aventura

me curó de mi pasión por la ropa blanca lujosa, y desde entonces la he usado siempre muy

común, adecuada a mi porte.(223)

 

había

presenciado, puesto que tenía sin reconocerle ante su vista al autor que decía haber visto

tanto. Lo más singular de esta escena fué el efecto que en mi ánimo produjo. Aquel hombre

era ya de cierta edad, no tenía aire de presumido ni de fatuo; su rostro anunciaba un hombre

de mérito y su cruz de San Luis acusaba un antiguo oficial. A pesar de su insolencia y a

pesar mío, se me hacía interesante; a medida que iba vomitando sus mentiras, yo me

sonrojaba, bajaba los ojos, me hallaba sobre espinas, y a veces buscaba allá en mi interior si

habría algún medio de creer que estaba en un error y obraba de buena fe. En fin, temiendo

que alguno me reconociese y afrentase al narrador, me apresuré a tomar mi chocolate sin

decir una palabra y, bajando la cabeza al pasar por delante de él, salí lo más pronto que me

fué posible, mientras los circunstantes hacían comentarios sobre su relato- Cuando llegué a

la calle, me encontré sudando a chorros; y estoy seguro que si alguien me hubiese

reconocido y llamado antes de salir, me hubiera visto avergonzado y corrido como un

culpable, sólo por el sentimiento del pesar que hubiera tenido que sufrir aquel pobre

hombre si se hubiese descubierto su mentira.(232)

Heme aquí llegado a uno de esos momentos críticos de mi vida, donde es difícil
 
 
concretarme sencillamente a narrar, porque es casi imposible que la narración misma no
lleve impreso un carácter de censura o de apología. Con todo, procuraré referir cómo obré y
en virtud de qué motivos, sin añadir alabanzas ni vituperios.(231)
 
Durante muchos meses, después de comer iba a pasearme solo por el Bosque de
Bolonia, meditando asuntos para obras, y no volvía hasta la noche.(239)
 
Íbamos en un coche particular, que nos conducía con los mismos
caballos a pequeñas jornadas. Yo bajaba a menudo y andaba a pie. Apenas estábamos a la
mitad del camino, cuando Teresa manifestó repugnarle altamente quedarse sola en el coche
con Gauffecourt, y cuando, a pesar de sus ruegos, quería yo bajar, ella hacia lo mismo y
seguía andando. Yo la reñía por este capricho, y hasta me opuse al fin a que siguiera
haciéndolo, de modo que acabó por verse obligada a declararme el motivo. Yo creí delirar,
me pareció cosa del otro mundo, cuando supe que mi amigo el señor de Gauffecourt, que
tenía más de sesenta años, gotoso, impotente, gastado por los placeres, desde nuestra salida
se afanaba en corromper a una mujer que ya no era joven ni hermosa y pertenecía a su
amigo, y esto por los medios más bajos y vergonzosos, hasta el extremo de presentarle su
bolsillo, de procurar tentarla con la lectura de un libro abominable y con las figuras infames
de que estaba lleno. Teresa, indignada, le tiró el libro por la portezuela; y supe que
habiendo tenido que acostarme el primer día sin cenar a causa de una violenta jaqueca, él
había empleado todo el tiempo que estuvieron solos en tentativas y manejos más dignos de
un sátiro y de un mico que de un hombre honrado a quien había fiado mi compañera y meconfiaba yo mismo. ¡Qué sorpresa! ¡Qué opresión de corazón para mí enteramente nueva!
Yo, que hasta entonces habla creído que la amistad era inseparable de todos los
sentimientos buenos y nobles, que constituyen todo su encanto, me vela por primera vez en
la vida obligado a hermanarla con el desdén, a retirar la confianza y la estimación a un
hombre a quien apreciaba y de quien me creía apreciado. El desdichado me ocultaba su
torpeza, y yo me vi obligado a ocultarle mi desprecio, a fin de no exponer a Teresa, y a
guardar en el fondo de mi corazón sentimientos que debía ignorar.
 
En el castillo de la señora Epinay, esta arregló una casita aislada –Ermitage- para dejársela al misántropo Rousseau.
 
(referido a la instalación de Voltaire en Ginebra y la aversión mutua)Desde entonces tuve a Ginebra por perdida y no me equivoqué. Quizá
hubiera debido ir a desafiar de frente la tempestad, si me hubiese sentido bastante fuerte.
Pero ¿qué habría hecho yo solo, tímido, sin saber hablar, contra un hombre arrogante,
opulento, sustentado con el apoyo de los grandes, dotado de una brillante locuacidad, y
siendo ya el ídolo de las mujeres y de los jóvenes?(243)
 
 
Quiero ser siempre justo y verídico, decir de los demás lo
bueno en cuanto me sea posible, no decir jamás lo malo sino en cuanto a mí me atañe, y me
vea obligado a ello.(254)
 
LIBRO NOVENO  (1756)
 
en París, sumergido en el torbellino del gran mundo, la
sensualidad de los convites, el brillo de los espectáculos, los humos de la vanagloria,
siempre venían a arrancarme suspiros y a avivar mis deseos los bosquecillos, los riachuelos
y mis paseos solitarios.(246)
 
Además de esto, a pesar de mi natural pereza, era laborioso cuando quería serlo;
y mi pereza no era tanto la de un hombre amigo de no hacer nada como la del que quiere
ser independiente y le gusta -~ trabajar a su voluntad.(246)
 
conocí que el escribir para ganar dinero pronto hubiera abogado mi ingenio y muerto mi
talento, que estaba más en mi pluma que en mi corazón, y que era hijo de un modo de
pensar elevado y altivo, único que podía alimentarlo. Una pluma venal no puede dar nada
grande y vigoroso. La necesidad, tal vez la avidez, me hubiera hecho trabajar atendiendo
más a la cantidad que a la calidad.(246)
 
siempre he creído que la condición de
autor no podía ser ilustre y respetable sino estando lejos de ser un oficio(247). El bosque de Montmorency era  su cuarto de estudio.
 
 
¿cuál es la forma de gobierno propia para
formar al pueblo más virtuoso, más ilustrado, más prudente, mejor en fin, tomando esta
palabra en su sentido más lato? Había creído ver que esta cuestión se relacionaba
íntimamente con esta otra, si bien era diferente: ¿cuál es el gobierno que, por su naturaleza,
está siempre más cerca de la ley?; y de aquí, ¿qué es la ley? y una cadena de cuestiones de
igual importancia. Veía que todo esto me conducía a grandes verdades, útiles a la felicidad
del género humano, pero sobre todo a la de mi patria, donde, en el viaje que acababa de
hacer, no habla encontrado las nociones de la ley y de la libertad bastante rectas ni bastante
claras a mi modo de ver; y habla creído que este modo indirecto de enseñársela era el más a
propósito para no ofender el amor propio de sus miembros y hacerme perdonar el haber
visto algo más que ellos en este punto.(248)
 
proyecto de libro no realizado: La
moral sensitiva o el materialismo del sabio.(251)
 
no puedo meditar sino andando; tan luego como me detengo, no medito
más; mi cabeza anda al compás de mis pies.(251)(Esta idea la copio Nietz)
 
Sin embargo, había tenido la precaución de
pertrecharme de un trabajo de gabinete para los días de lluvia, y fué mi Diccionario de
música, cuyos materiales dispersos, mutilados e informes hacían necesario casi empezar de
nuevo. Trajeme algunos libros que para ello necesitaba; había pasado dos meses sacando
extractos de muchos otros, que me prestaban en la biblioteca del rey, de los cuales me
permitieron llevar alguno al Ermitage. He aquí mis provisiones para compilar en casa
cuando el tiempo no me permitiese salir y me fastidiase de copiar. Este arreglo me venía
tan bien que me sirvió así en el Ermitage como en Montmorency y luego también en
Motiers, donde acabé esta tarea mientras hacía otros trabajos, hallando siempre que un
cambio de trabajo es un descanso.(251)(Esta idea la copio Marx)
 
Aunque desde hacía algunos años iba con bastante frecuencia al campo, casi era sin gozar
de él, y estos viajes, verificados siempre en compañía de personas presuntuosas,
inutilizados siempre por la falta de libertad, no hacían más que exaltar mi afición a los
placeres campestres, cuya imagen veía tan de cerca para sentir más su privación. Estaba tan
aburrido de los salones, de los juegos de agua, de los bosquecillos, de los jardines y de los
todavía más fastidiosos cicerones de todo esto; estaba tan cansado de folletos, de
clavicordios, de tresillo, de enredos, de insípidas agudezas, de desabridas monadas, decuentos y de cenas, que cuando divisaba algún sencillo espinar, un vallado, una granja, un
prado; cuando al pasar por una aldea percibía el olor de alguna tortilla con perifollo; cuando
a lo lejos oía el rústico estribillo de la canción de las pastoras, renegaba del arrebol, de los
falbalás y del ámbar; y, echando de menos la comida de casa y el vino del cosechero, de
buena gana hubiera dado de bofetones al jefe de la partida o anfitrión que me hacían comer
a la hora en que ceno, y cenar a la hora de dormir; (252)
 
¿Qué pensará, pues, el lector cuando yo le diga,
con toda mi veracidad, de que al presente no puede dudar, que desde el primer momento
que la vi hasta hoy día jamás he sentido por ella la menor llama de amor; que no la deseé
poseer más que a la señora de Warens, y que la necesidad de los sentidos, satisfecha con
ella, ha sido para mí únicamente la del sexo, sin que hubiese nada personal? ¿Creerá que,
formado de otro modo que los demás hombres, fuí incapaz de sentir el amor, puesto que
www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.
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para nada entraba en el afecto que me han inspirado las mujeres que más he querido?
Paciencia, ¡oh, lector!, el momento funesto se acerca y harto desengañado has de quedar(253)
Corito?
256
 
Polisinodia, o pluralidad de
consejos,(259)
 
¿Cómo era posible que, dotado de un temperamento tan ardiente, con un corazón
todo amor, no hubiese éste ardido en su llama por un objeto determinado una vez siquiera?
Me vela próximo a las puertas de la vejez, devorado por la necesidad de amar sin haberla
podido satisfacer jamás, y a morir sin haber vivido. (261)
 
y he ahí al grave ciudadano de
Ginebra, al austero Juan Jacobo, convertido de improviso en el extravagante pastor, a eso
de los cuarenta y cinco años. Aunque tan repentina y loca, la especie de embriaguez que de
mi se apoderó fué tan viva y duradera que para curar de ella fué necesaria la imprevista y
terrible crisis de los males en que me precipito.(261)
 
Por poco que me haya conocido, el lector lo habrá adivinado. La
imposibilidad de alcanzar los objetos reales me lanzó al país de las quimeras; y no viendo
nada real que satisficiese mi delirio, lo distraje con un mundo ideal que mi imaginación
creadora pobló en breve de seres conformes con las aspiraciones de mi corazón. Jamás vino
tan a propósito este recurso ni resultó tan fecundo. En mis continuos éxtasis me embriagaba
a más no poder con los sentimientos más dulces que jamás hayan entrado en el corazón del
hombre.(262)
 
 
Desde entonces Voltaire ha publicado la réplica que
me habla prometido, pero sin enviármela, y es la novela Cándido, de que no puedo hablar,
porque no la he leído.(263)
coloqué mis jóvenes pupilas en Vevai(…)A fuerza de repetirse estas ficciones, al fin tomaron más consistencia y se fijaron en mi
cerebro bajo una forma determinada. Entonces fué cuando tuve el capricho de estampar en
el papel algunas de las situaciones que aquellas me ofrecían; y recordando cuanto en mi
juventud había sentido, dar así libre vuelo, en cierto modo, a los deseos que no había
podido satisfacer, y que me devoraban. (264)
Después de los severos principios que yo acababa dé establecer con
tanto aparato, después de los austeros principios que había predicado tan vigorosamente,
después de tan mordaces invectivas contra los libros afeminados que respiraban amor y
molicie, ¿podía darse nada más inesperado, nada más chocante que yerme repentinamente
inscrito por mí mismo entre los autores de estos libros por mí tan duramente castigados?(266)
zagalejo o refajo
Vino, la vi, y como estaba ebrio de amor sin objeto, esta embriaguez
fascinó mis ojos, y este objeto se fijó en ella; vi a mi Julia en la señora de Houdetot, y a
poco no vi más que a la señora de Houdetot, pero revestida de todas las perfecciones con
que acababa de adornar al ídolo de mi corazón. Para acabar de trastornarme, me habló de
Saint-Lambert como amante apasionada. ¡Oh fuerza contagiosa del amor! Oyéndola,
hallándome a su lado, me sentía dominado de un temblor delicioso que jamás había
experimentado junto a nadie. Ella hablaba y yo me sentía conmovido; creía no hacer más
que tomar interés por sus sentimientos cuando en realidad los experimentaba semejantes,
tragaba a grandes sorbos el veneno del que sólo gustaba la dulzura. En fin, sin que uno ni
otro lo notásemos, me inspiró todo lo que expresaba sentir por su amante. ¡Ay de mí! Cuán
tarde se me ocurrió y cuánto me hizo sufrir arder en una pasión, tan desgraciada como viva,
por una mujer cuyo corazón llenaba otro amor.(270)
pronto vi, en las bromas de éste sobre mis excursiones silvestres, con
qué fruición habían convertido al eremita en enamorado pastor.(279)
¿Os acordáis de
aquel hombre de la comedia, que grita dando palos: he aquí el oficio del filósofo?(281)
y cuán frecuentemente la audacia y la altivez están de parte
del culpable, mientras el inocente se halla confuso y avergonzado.(290)
Pero ya es tiempo de entrar en la exposición de la gran revolución de mi
destino, de la gran catástrofe que ha dividido mi vida en dos partes tan distintas, y que ha
hecho que de una causa muy leve hayan resultado tan terribles efectos.(291)
 
LIBRO  DECIMO (1758)
extremo del jardín en que se hallaba mi habitación. Esta torrecilla, que
terminaba en forma de terrado, estaba situada sobre el valle y estanque de Montmorency, y
me ofrecía por término de la perspectiva el sencillo pero respetable castillo de Saint-
Gratien, retiro del virtuoso CatinatEn este lugar, entonces cubierto de hielo, fué donde sin
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- 305 -
abrigo contra el viento y la nieve, y sin otro fuego que el de mi corazón, en el espacio de
tres semanas compuse mi Carta a D'Alembert acerca de los espectáculos (304)
En el mismo pueblo de Saint-Brice tenía al librero Guerin, hombre de talento, instruido,
amable y de los de más jerarquía en su clase. Éste me hizo conocer a Juan Néaulme, librero
de Amsterdam, corresponsal y amigo suyo, quien posteriormente imprimió el Emilio.(310)
Pero la indolencia, el descuido y las dilaciones en
los pequeños deberes que tenía que llenar, me han hecho más daño que los grandes vicios.
Mis peores faltas han sido de omisión: raras veces he hecho lo que no debía hacer, y
desgraciadamente aun he hecho menos veces lo que convenía.(313)
Las mujeres de París, dotadas de tanta penetración, no tienen acerca de esto idea
alguna exacta; y a fuerza de querer que pudiese ahorrar gastos, me arruinaban. Si cenaba
algo lejos de mi casa, en vez de permitir que enviase por un coche, la señora de la casa
hacía enganchar los caballos para volverme; ella quedaba contenta evitándome el gasto de
los veinticuatro sueldos del fiacre, pero no pensaba en el escudo que yo regalaba al lacayo y
al cochero. Una mujer me escribía desde París al Ermitage o a Montmorency, y pensando
que su carta me había de costar cuatro sueldos de porte, me la remitía por uno de sus
criados, que llegaba sudando a mares, y a quien daba yo de comer y un escudo que
seguramente tenía bien ganado.(316)
317
Aunque hasta entonces no fuesen muy interesantes por los hechos, yo
conocía que podían llegar a serlo por la franqueza que era capaz de usar; y resolví formar
con ellas una obra única, por su veracidad sin ejemplo, a fin de que a lo menos una vez
siquiera pudiese verse a un hombre tal como es interiormente. Siempre me había reído de la
falsa sinceridad de Montaigne, quien, fingiendo confesar sus defectos, pone gran cuidado
en no atribuirse sino aquellos que tienen carácter agradable; cuando yo, que siempre me he
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- 318 -
creído, y bien considerado, aun me creo el mejor de los hombres, estoy convencido de que
no hay interior humano, por puro que sea, que no tenga algún vicio feo. Yo sabía que se me
presentaba a los ojos del público bajo un aspecto tan poco parecido al mío, y a veces tan
disforme, que, a pesar de lo malo, de que no quería callarme nada, no podía menos de ganar
aun mostrándome tal cual soy.(318)
En este solitario edificio fué donde me dieron a escoger entre los cuatro departamentos que
encerraba completos, además de los bajos, que contenían un salón de baile, una sala de
billar y una cocina. Tomé la más pequeña y modesta, situada sobre la cocina, que tuve
también. Reinaba allí una limpieza encantadora; el moblaje era blanco y azul. En esta
profunda y deliciosa soledad, en medio de los bosques y de las aguas, de los variados
conciertos de los pájaros, percibiendo el perfume de la flor de naranjo, fué donde compuse
en un continuo éxtasis el quinto libro de Emilio, cuyo colorido bastante fresco debo en gran
parte a la impresión del sitio donde escribía.(320)
sentí por ellos una amistad que no es permitido
sino entre iguales.(321)
325
En el momento en que escribo esto, acabo de recibir los peligrosos avances de una
mujer joven que tiene puestos en mí sus peligrosos ojos; pero si ella ha fingido olvidar mis
doce lustros, yo me he acordado de ellos. Después de salir de este paso, no temo las
recaídas, y respondo de mí para el resto de mis días.(334)
La corrupción es igual en todas partes; ya no existen virtudes ni
buenas costumbres en Europa; pero si aun queda algún cariño hacia ellas, debe buscarse en
París.
Con todo, es necesario aun hacer otra
distinción; esta lectura no es seguramente a propósito para esa clase de personas de ingenio
que sólo son astutas y que no tienen penetración sino para comprender el mal, y que no ven
nada en donde no debe verse más que el bien. Por ejemplo, si Julia se hubiese publicado en
cierto país, que me callo, estoy seguro de que nadie hubiera concluido su lectura y que
habría muerto al nacer. (335)
 
Richardson tiene el mérito de haberlos
presentado bien caracterizados todos: mas en cuanto a su número, precisamente es lo que
tiene de común con los más insípidos novelistas; que a fuerza de personajes y de aventuras
suplen su esterilidad. Es muy fácil despertar la atención presentando incesantemente caras
nuevas y acontecimientos inauditos, que pasan como las figuras de la linterna mágica; pero
sostener esta atención con los mismos objetos y sin maravillosos acontecimientos es a la
verdad más difícil, y si, en igualdad de condiciones, la sencillez de la acción aumenta la
belleza de la obra, las novelas de Richardson, superiores en tantos otros puntos, no podrían
en éste entrar en paralelo con las mías. Actualmente ha muerto, lo sé y no ignoro la causa;
pero resucitará.(336)
Apareció a principios del carnaval. Un vendedor de libros la llevó a la princesa de Talmont
, un día de baile en la Ópera. Después de cenar se hizo vestir para ir al baile, y, mientras
llegaba la hora, se puso a leer la novela. A medianoche ordenó que enganchasen y siguió
leyendo. Fueron a decirle que el coche estaba dispuesto, y nada respondió. Viendo sus
criados que iba siendo tarde, fueron a advertirla que eran las dos de la madrugada. “No hay
prisa aún”, replicó, siempre leyendo. Más tarde, viendo su reloj parado, llamó para
preguntar la hora; le contestaron que eran las cuatro. “Siendo así -dijo-, es demasiado tarde
para ir al baile; que desenganchen”. Se hizo desnudar, y pasó el resto de la noche leyendo(336)
el abate de Boufflers, joven tan brillante cuanto es posible serlo,(339)
El beso que más me sorprendió fué el
de la señora de Mirepoix; pues también estaba presente. La señora maríscala de Mirepoix
tiene un temperamento extremadamente frío, es muy honesta y reservada, y me parece que
no está completamente exenta de la altivez propia de la casa de Lorena. Nunca había hecho
gran caso de mí. Sea porque me halagase este inesperado honor, y procurase aumentar su
precio, o que este abrazo llevase de su parte algo de esa conmiseración que es natural en los
corazones generosos, ello es que hallé en su acción y en su mirada no sé qué de enérgico
que me llegó al alma. Pensando con frecuencia nuevamente en ello, he sospechado después
que, no ignorando la suerte a que estaba condenado, no había podido evitar un momento de
compasión por mi destino(358)
Por
otra parte mi aspecto era poco imponente para que me sirviesen bien; y es sabido que en
Francia los caballos de posta no corren sino dando latigazos al postillón. Creí suplir el
ademán y las palabras pagando con exceso; esto fué peor aun. Me tomaron por un patán
que viajaba por encargo y que iba en posta por vez primera en su vida. Desde entonces no
me dieron sino rocines, siendo juguete de los postillones, y acabé por donde hubiera debido
empezar> teniendo paciencia y resignándome a callar e ir como mejor les pluguiese.(359)
Se nos predica
mucho el perdón de las ofensas; indudablemente es una virtud muy hermosa, pero que yo
no tengo.(359)
Asimismo recordé los Idilios, de Gessner, que me había enviado su traductor Hubert, hacia
algún tiempo. Estas dos ideas se refrescaron de tal modo en mi memoria, se mezclaron de
tal suerte en mi mente, que probé a reunirlas tratando el tema del Levita de Efraim al estilo
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- 360 -
de Gessner. Ese estilo bucólico y candoroso parecía poco a propósito para un asunto tan
atroz, y tampoco era de presumir que mi situación me sugiriese ideas muy risueñas para
amenizarlo. Apenas lo hube ensayado, cuando me sorprendió lo florido de mis ideas y la
facilidad con que las vertía. En tres días compuse los tres primeros cantos de este pequeño(360)
y estoy seguro de no haber hecho en mi vida
otra obra en que reine una pureza de costumbres más tierna, tan colorido más fresco,
pinturas más candorosas, mayor propiedad, una sencillez más al gusto antiguo en todo, y
esto a pesar de lo horrible del asunto, que en el fondo es abominable; de suerte que además
tuve el mérito de la dificultad vencida. Si el Levita de Efraim no es la mejor de mis obras,
será siempre para mí la más querida. Jamás la he vuelto a leer, ni lo haré sin sentir el
aplauso interno de un corazón sin hiel, que, lejos de agriarse por sus desdichas, se consuela
consigo mismo, y en sí mismo encuentra medio de desquitarse.(360)
y en vez de permanecer en palacio me hubiese vuelto a mi cama a dormir
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- 361 -
tranquilamente la fresca mañana, ¿se hubiera decretado igualmente mi prisión? Tesis
magna de que depende la solución de muchas otras, y para el examen de la cual no es inútil
tener presentes la hora del decreto conminatorio y la del decreto real. Ejemplo grosero, pero
palpable, de la importancia de los menores detalles en la exposición de los hechos, cuyas
secretas causas se buscan, para descubrirlas por inducción(361)
LIBRO DUODÉCIMO (1762)
 
 
-Lo que jamás he podido soportar es la
habladuría de las tertulias, donde están todos sentados unos enfrente de otros, sin tener más
que afilar la lengua. Cuando se va de camino, cuando se pasea, vaya con Dios; a lo menos
los pies y los ojos hacen alguna cosa; pero permanecer quieto, con los brazos cruzados,
hablando del tiempo que hace y de las moscas que vuelan, o, lo que es peor, dirigirse
mutuos cumplidos, es para mí un suplicio insoportable.
-Después que hubo marchado, Montmollin dió nuevo impulso a sus manejos, y el populacho
ya no conoció freno alguno. Yo, sin embargo, seguía paseándome tranquilamente en medio
de los gritos, y dando nuevo incentivo a mis paseos la afición a la botánica, que iniciada al
lado del doctor de Ivernois, me hacia recorrer el país herborizando, sin inmutarme por los
clamores de toda aquella canalla, cuyo furor se excitaba con mi sangre fría.(388)
-La ociosidad de las
reuniones es mortal por ser forzada, la del aislamiento es encantadora por ser libre y
voluntaria. Estando en compañía, me mortifica no hacer nada, por lo mismo que estoy
obligado a ello: fuerza es permanecer allí clavado en una silla o en pie, plantado como una
estaca, sin mover pies ni cabeza, sin atreverme a correr, saltar, gritar, ni gesticular cuando
me viene en voluntad, sin atreverme aun a meditar, teniendo a la vez todo el fastidio de la
ociosidad y todo el tormento de la sujeción; obligado a prestar atención a todas las tonterías
que se dicen y a todos los cumplimientos que se hacen y a fatigar incesantemente mi
espíritu para no dejar de colocar a mi vez mi equivoquillo y mi embuste. ¿Y a esto se llama
ociosidad? Esto es un trabajo propio de forzados.(393)
-El sosiego que yo deseo no es el de un haragán que permanece con los brazos cruzados en
total inacción, y no piensa, porque no se mueve. Es a la vez el de un niño que se mueve sin
cesar para no hacer nada y el de un viejo chocho que divaga, en tanto que sus brazos
permanecen quietos. Me gusta ocuparme en hacer bagatelas, empezar mil cosas sin acabar
ninguna, ir y venir a mí antojo, cambiar de proyecto a cada instante, seguir el vuelo de una
mosca, querer perforar una roca para ver lo que está debajo, emprender con ardor un trabajo
de diez años y abandonarlo sin pesar a los diez minutos, malgastar el día entero sin orden ni
concierto, y no seguir más que el capricho del momento(394)
-Mis plegarias son más raras y más secas; mas, al contemplar un
hermoso paisaje, me siento conmovido sin saber por qué. He leído que un sabio obispo, al
visitar su diócesis, halló una vieja que, por toda oración, no sabía decir más que ¡Oh!, y le
dijo: “Buena vieja, continuad rogando siempre así; vuestra oración vale más que las
nuestras. Esta mejor oración es también la mía.”(395)
-Se dice
de Fagon, primer médico de Luis XIV, el cual nombraba y conocía perfectamente todas las
plantas del Jardín Real, que se hallaba tan ignorante en cl campo que no conocía ninguna.
Yo soy precisamente lo contrario: conozco algo de lo que produce la Naturaleza, pero nada
del arte del jardinero.(395)
-conejos para poblana(¿)
-Experimentaba un goce singular viendo quebrarse las ondas
a mis pies. Allí veía un trasunto del mundano bullicio y de la paz de mi mansión; y esta
idea me enternecía a veces hasta el punto de sentir las lágrimas correr por mis mejillas. No
turbaba este sosiego, que disfrutaba con apasionamiento, más que el temor de perderlo;
pero esta inquietud era tal, que llegaba a menoscabar aquella dulzura.(396)
-Sólo una cosa me espantaba en este viaje: era la ineptitud
y la adversión que tuve siempre por la vida activa a que iba a yerme condenado. Nacido
para meditar a mis anchas en la soledad, no era a propósito para hablar, agitarme, tratar de
negocios entre los hombres..(399)
-Estaba seguro de que, saliendo así de mi esfera acabaría por serles
inútil y labrar mi desgracia.(339)
-Por mi parte, lo declaro altamente y sin temor: cualquiera que, aun sin haber leído
mis obras, examinando por sus propios ojos mis sentimientos, mi carácter, mis costumbres,
mis inclinaciones, mis placeres, mis hábitos, pueda creerme un malvado, es un hombre
digno de la horca.(403)
FIN
-
 
 
 
 

 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Rousseau. Confesiones XI


 

-la  cual, saliendo del reposo por medio de sacudidas violentas, pero volviendo a él por

cansancio y por gusto, conduciéndome siempre lejos de las grandes virtudes y más aun de

los grandes vicios, a la vida ociosa y tranquila para la cual me sentía nacido, no me

permitió nunca en bien ni en mal, lanzarme a nada grande.(170)

-La seguridad, la voluptuosidad, la confianza con que me entregaba a esta vida indolente y

solitaria, careciendo de medios para subsistir así tres meses, es una de las particularidades

de mi vida y una de las rarezas de mi carácter(176)

-Me recibió en su tocador: estaba con los brazos desnudos, suelto el cabello y mal

compuesto el peinador. Esta introducción era enteramente nueva para mí; mi pobre cabeza

no pudo resistirla; me turbó, me alucinó y, en una palabra, me enamoré de la señora Dupin.(178)

-hizo amistad con un secretario de embajada en París, señor Carrió, a quien conoció en Venecia (186)

-Allí, solo, encerrado en mi palco, me entregaba, a pesar

de la duración del espectáculo, al placer de gozarlo a mi gusto hasta el fin. Un día me quedé

dormido en el teatro de San Crisóstomo y más profundamente que si estuviera en mi cama.

Los pasajes más ruidosos y brillantes no pudieron despertarme; mas, ¿quién pudiera

expresar la deliciosa sensación que me causaron la dulce armonía y los angélicos cantos del

trozo que me despertó? ¡ Qué despertar, qué arrobamiento, qué éxtasis cuando a un mismo

tiempo abrí los ojos y los oídos! El primer pensamiento fue creerme en el paraíso. Ese trozo

encantador que todavía recuerdo y jamás olvidaré, empezaba así:

Conservami la bella

Che sí m'accende in cor

Quise poseer este trozo, lo conseguí y lo he guardado largo tiempo; pero mejor lo

conservaba en mi memoria que sobre el papel donde constaban seguramente las mismas

notas, pero no era aquello mismo. Esta divina aria sólo en mi mente puede ser ejecutada,

como lo fue en efecto el día que me despertó(192)

-A mi modo de ver hay una música muy superior a la de las óperas y que no tiene semejante

en Italia ni en el resto del mundo, y es la de las scuole. Las scuole son casas de caridad

establecidas para dar educación a niñas pobres, a quienes dota luego la república casándolas

o haciéndolas monjas. Entre los conocimientos que cultivan esas niñas, la música ocupa el

primer lugar. Cada domingo en la iglesia de cada una de esas cuatro scuole, durante las

vísperas, se ejecutan motetes a gran coro y a gran orquesta, compuestos y dirigidos por los


más grandes maestros de Italia, ejecutados en tribunas enrejadas, únicamente por niñas, de

las cuales la mayor no cuenta veinte años. Nada conozco tan voluptuoso, tan conmovedor

como esta música; las maravillas del arte, el gusto exquisito de los cantos, la belleza de las

voces, la exactitud de la ejecución, todo, en fin, en esos deliciosos conciertos concurre a

producir una impresión que no es seguramente muy saludable, pero de que no creo que

haya corazón capaz de librarse. Ni Carrió ni yo dejábamos nunca de asistir a esas vísperas

en los Mendicanti, y no éramos los únicos. La iglesia estaba llena siempre de aficionados, y

hasta los mismos actores de la ópera iban a estudiar el verdadero gusto del canto con estos

excelentes modelos. Lo que me desconsolaba eran aquellas malditas rejas que, dando sólo

paso a los sonidos, me ocultaban los bellos ángeles que tales voces tenían. Yo no hablaba

de otra cosa. Un día, conversando de ello en casa de Le Blond, éste me dijo: “Si tenéis

curiosidad por conocer a esas niñas, fácil es satisfaceros. Yo soy uno de los administradores

de la casa y quiero que podáis merendar en su compañía”. Yo no le dejé punto de reposo

hasta que hubo cumplido su palabra. Al entrar en el salón que encerraba esas codiciadas

bellezas sentí una emoción amorosa que jamás había experimentado. El señor Le Blond me

presentó, una tras otra, todas aquellas cantatrices célebres, de quienes no conocía más que

la voz y el nombre. “Venid, Sofía...”. Era horrible. “Venid, Cattína...” Era tuerta. “Venid,

Batti.....” Estaba desfigurada por las viruelas. Apenas había una que no tuviese un defecto

notable. El malvado se reía de mi cruel sorpresa. Sin embargo, hubo dos o tres que no me

parecieron del todo feas: mas no cantaban sino en los coros. Yo estaba desconsolado.

Durante la merienda, las estimularon y estuvieron animadas. La fealdad no excluye las

gracias, y las encontré en ellas. Yo me decía: no se canta así sin alma; por consiguiente,

deben tenerla. En fin, mi manera de verlas cambió de tal modo que salí prendado de todas

aquellas feítas. Apenas me atrevía a volver a sus vísperas, mas en breve me tranquilicé y

continué hallando sus cantos deliciosos, y sus voces prestaban en mi mente tal encanto a

sus rostros, que siempre que cantaban, a pesar de mis ojos, me empeñaba en hallarlas

bellas.(193)

-y fueron bailados por

una joven llamada Bettina, linda y sobre todo amable muchacha, mantenida por un español,

amigo nuestro, llamado Fagoaga y a casa de la cual íbamos a pasar la velada.(193)

 -como allí se dice, per non parer troppo coglione(194)

domingo, 28 de abril de 2013

Marisa Villardefrancos

-admirable escritora de novela rosa de los años 50
-producción relativamente escasa para ese género industrial: solo  60 novelas
-configura de modo literariamente plausible el tema de la enfermedad.  Era poliomielítica
-nacio en Galicia. Vivió en Madrid. Murió en San Vicente del Raspeig (Alicante)
-deliciosa observación excéntrica:“incrustándole en el rostro todos los botones de su chaleco!”  cuando el Doctor Thiele  abraza finalmente a Cristina Mayen.(p.134, La vida está en la cumbre)

jueves, 25 de abril de 2013

Rousseau. Confesiones X


-observado que el propietario y el poseedor son a menudo dos personas muy distintas, aun

dejando aparte los maridos y los amantes.

-Vio una vincapervinca (flor rara)

-Puede decirse muy bien

que no empecé a vivir hasta que me tuve por muerto.

-“Cuando me veáis

próximo a la muerte, llevadme a la sombra de una encina; os prometo revivir”.

-pecorea de las abejas

 


Lo menos he aprendido veinte

veces las églogas de Virgilio, de las que no sé una palabra.(151)

Dije para mí: “Voy a tirar esta piedra contra el árbol situado enfrente de mí: si le toco, será

señal de salvación; si yerro, signo de condenación”. Al decir esto lanzo la piedra con

trémula mano y estremeciéndose horriblemente mi corazón, mas con tan buena fortuna, que

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

- 152 -

di de lleno en medio del tronco, lo que ciertamente no era muy difícil, pues había tenido

buen cuidado de escogerlo cercano y muy grueso. Desde entonces no he dudado más de mi

salvación. No sé si al recordar este rasgo he de reírme o compadecerme a mí mismo.

Felicitaos, grandes hombres, vosotros que seguramente os reís; pero no insultéis mi miseria,

pues os juro que la siento perfectamente.(152)

Familiarizándose, preciso era hablar de mi mismo, decir de dónde venía, quién era. Esto me

molestaba, pues conocía muy bien que entre personas distinguidas, como entre meretrices,

la palabra neófito iba a aplastarme.(155)

¡Qué deliciosas comidillas hacía allí solo,

leyendo algunas páginas de novela! Porque leer comiendo fue siempre mi mayor capricho,

a falta de mejor compañía: es el suplemento de la sociedad que me falta. Alternativamente

devoro una página y un bocado; es como si mi libro comiese conmigo.(167)

El tiempo puede levantar muchos velos. Si mi

memoria llega a la posteridad, quizá sepa ésta algún día lo que tenía que decir. Entoncessabrá por qué me callo.(169)

martes, 23 de abril de 2013

Ludwig Hohl. Escalada


embelesado por el detalle y con la mente puesta más en la excelencia de la estrategia que en la victoria

-los buenos alpinistas suelen ser amantes del silencio

-figuras caprichosas que en la jerga de los alpinistas se denominan seracs

-ambos intercambiaron en cierto modo sus papeles al morir; surge la pregunta, quizá absurda, de si, al menos en pequeña medida, no habría podido suceder lo mismo…¿mientras vivieron?

domingo, 21 de abril de 2013

Rousseau. Confesiones IX


-En 1732 llega a Chambery y comienza a desempeñar un empleo en el catastro. Tiene 20 años.

Claudio Anet era, sin disputa, un hombre raro y el único en su

género que he conocido: lento, grave, reflexivo, circunspecto en su conducta, frío en sus

maneras, lacónico y sentencioso en sus palabras; sus pasiones eran de una secreta

impetuosidad que le devoraba, encerrada en su interior, y que en toda su vida no le arrastró

más que una vez a cometer un disparate, pero terrible: el de envenenarse.

-Cantatas que sabia de memoria: el amor picado por una abeja (Clerambault), Los amores dormidos (Bernier)

-Nada temo tanto en el mundo como una

mujer hermosa en traje de casa o de mañana; la temería mil veces menos estando

compuesta.

-Se dice que entre los mahometanos, a la hora del alba, pasa un hombre por la calle para dar

a los maridos orden de cumplir con su deber conyugal. Yo a semejante hora hubiera sido un pésimo turco.

 

-Menage a trois la señora Warems, Rusó y Claudio Anet.

-Si volviese a la vida de sociedad, llevaría siempre un dominguillo en

mi faltriquera, y me estaría jugando todo el día para no tener que hablar cuando no supiese

qué decir. Si todos hiciesen lo mismo, los hombres serían menos perversos, su trato más

formal y, a mi entender, más agradable. Finalmente, y ríanse cuanto quieran los burlones,

yo afirmo que la única moral aplicable al presente siglo es la del dominguillo.

-La señora warens(que era una manirrota) quería establecer en chambery un jardín real de plantas

-¿Qué pasiones? - me preguntarán -. Pequeñeces; las cosas más pueriles del mundo; pero

que me afectaban como si se hubiese tratado de la posesión de Elena o del trono del

Universo.

-¡Ah! ¡Si una sola vez en mi vida hubiera gustado en toda su plenitud todas las

delicias del amor, creo que mi frágil existencia no hubiera podido resistirlo y hubiera

muerto al instante!

-La lectura de las desgracias imaginarias de

Cleveland, ardorosamente hecha y frecuentemente interrumpida, creo que me hizo más

daño que las propias.

-Instalarse con la señora Warens en Charmettes, cerca de Chambery.

sábado, 13 de abril de 2013

Azorín. La voluntad III


-Ante todo no debe haber fábula…; la vida no tiene fábula: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria…todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novela…Y por eso los Goncourt, que son los que, a mi entender, se han acercado más al desiderátum, no dan una vida, sino fragmentos, sensaciones separadas…

Y Azorín se ha sentido un momento, emocionado, silencioso, toda la tremenda belleza de esta religión de hombres  sencillos y duros. (en la ermita de San Roque de Yecla)

-Acaso va a quedar rota para siempre esa simpatía melancólica –más que amor- de un espíritu por otro espíritu.

-la vida apagada de una monja es tan intensa como la vida tumultuosa de un gran industrial norteamericano. Y es desde luego más artística…con sus silencios augustos, con sus movimientos lentos y majestuosos, con sus rituales misteriosos…

-Iglesia del Niño –la reciente, chillona y amazacotada iglesia, obra maestra de un arquitecto rudimentario.

-en la Utopía de Moro hay un servicio agrícola obligatorio

-en la utopia de Campanella hay un  “medido, llamado magister generationis, encargado por velar el estricto, pero muy estricto, cumplimiento del precepto bíblico·

-el fenómeno está previsto en los manuales de mística: es cosa ésta la que les ocurre a todos los místicos noveles. Y después de este entusiasmo se afirma también que sucede un estado de desasosiego, de angustia, de dureza de corazón, de desaliento muy desagradables. Este estado se llama sequedad. Diego Murillo, Félix Alamín, Antonio Arbiol, escriben largo y tendido sobre estas sutiles psicologías.

-Bourdaloue, el mejor predicador del siglo XVII

-las obras untuosas de San Alfonso María de Ligorio

-rosa (San Benito), granadilla (San Bernardo), jacinto (San Bruno), tulipán(San Agustín), jazmín(Merced), perpetua (Victoria), peonia (San Elias), azucena (Santo Domingo), violeta (San Francisco)

-Justina ya es novicia: su voluntad ha muerto

-ayer el hombre civilizado vivía en Grecia, en Roma; hoy vive en Francia, en Alemania; mañana vivirá en Asia, mientras Europa, esta Europa tan comprensiva, será un inmenso país de hombres embrutecidos.

-todos(los labriegos) quieren ser artesanos, todos quieren dejarse bigote, símbolo, al parecer, de un más delicado intelecto.

-hay en el mundo personas destinadas a vivir la mitad, la tercera parte,la cuarta parte de su vida; hay otras, en cambio, destinadas a vivir dos, cuatro, ocho vidas…Napoleón debió vivir cuarenta, cincuenta, ciento….Estas personas claro es que el exceso de vida que viven, o sea, lo que pasa de una vida, que es la tasa legal, lo toman de lo que no viven los que viven menos de una…Yo soy de estos: vivo media vida y es probable que sea Iluminada quien vive una y media, es decir,una suya y media que me corresponde a mi…

-ha sido periodista revolucionario y ha visto a los revolucionarios en secreta y provechosa concordia con los explotadores. Ha tenido luego la humorada de escribir en periódicos reaccionarios, y ha visto que estos pobres reaccionarios tienen un horror invencible al arte y a la vida.

-el periodismo ha creado un tipo frívolamente enciclopédico, de estilo brillante, de suficiencia abrumadora. Es el tipo que detestaba Nietzsche: el tipo que no es nada pero que lo representa  casi todo.

-un mal gusto agresivo, de una vanidad cacareante, propia de un pueblo de tenderos y burócratas

-parco yantar posaderil

-en el pueblo castellano debe aún quedar mucho de nuestro viejo espíritu católico, no bastardeado por los melosidades jesuíticas, ni descolorido por el frívolo y artificioso  liberalismo que ahora comienza a apuntar en nuestro episcopado

-el catolicismo en España es pleito perdido: entre obispos cursis y clérigos patanes acabarán por matarlo en pocos años.

-viviría aquí en Toledo, como hombre metódico y catarroso…con esta niñita apetitosa, de erguidos senos e incitantes pudores.

-el arzobispo Antonio Claret y Clará llegó a enloquecer por una joven con quien ensayó y gustó refinamientos que se imaginan pero nunca se escriben.

-el Bastón de Manuel Kant, resumen de la farsa estúpida que llamamos Humanidad

-en la vida de diarias relaciones un apretón de manos, un saludo afectuoso, un adjetivo afable, o por el contrario, un ligero desdén, una preterición acaso inocente, tienen sobre mi emotividad una influencia extraordinaria.

-qui prior témpore pótior jure

-cuasimente nada

lunes, 8 de abril de 2013

Azorin. La voluntad II


Fíjate en que hoy el público ha cambiado totalmente: no hay público, sino públicos, sucesivos, rápidos, momentáneos. Un público antiguo era un público de veinte, treinta, cuarenta años..., vitalicio. La lectura estaba menos propagada, no había grandes periódicos que en un día difundían  por toda una nación un hecho; se publicaban menos libros; eran menos densas y continuas las relaciones entre los mismos literatos, y entre los literatos y el público…

-terminados sus estudios, se desparraman todos por sus aldeas, pueblos, ciudades, donde ya no tendrán más diversión que su escopeta y sus naipes, cosa no muy intelectual

-así como antes la longitud del público emparejaba, sin faltar ni sobrar apenas, con la longitud de la vida del escritor, hoy cuatro o seis longitudes de público son precisas para una de escritor.

-un artista que no vive para el público  y por el público ¿cómo ha de fracasar?

-Leon Taxil, el gran mistificador

-si tenemos un ángel a nuestro lado –como asegura tanta gente respetable-, no hay duda que este ángel, que leerá los pensamientos más recónditos, habrá sentido hacia el maestro, por este instante de contrición sincera, una vivísima simpatía.

-lo que da medida de un artista es un sentimiento de la naturaleza, del paisaje…Un escritor será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje…Es una emoción completamente, casi completamente moderna. En Francia solo data de Rousseau y Bernardino de Saint Pierre…En España, fuera de algún primitivo, yo creo que sólo la ha sentido Fray Luis de León en sus Nombres de Cristo…Pues bien: para mí, el paisaje es el grado más alto del arte literario.

viernes, 5 de abril de 2013

Azorin. La voluntad


Puche es un viejo clérigo, de cenceño cuerpo y cara escuálida. Tiene palabra dulce de iluminado fervoroso y movimientos resignados de varón probado en la amargura.

-la multitud le exaspera: odio profundo, odio tal vez rezago de lejanos despechos

-el predicador, en destempladas voces de pintoresca ortología regionalista, relata las ansias perdurables del Dios-Hombre.

-el viento ruge desenfrenadamente fuera. Y el viejo armónium gime tenue, gime apacible, gime lloroso, como un anciano que cuenta sollozando sus días felices.

-clérigo ambulatorio

-ahora Azorín lee a Montaigne. Este hombre que era un solitario y un raro, como él, le encanta.

-el peligro de la vida de pueblo es que se siente uno vivir…que es el tormento más terrible.

-yo veo que hay dos cosas en literatura: la novedad y la originalidad. La novedad está en la forma, en la facilidad, en el ardimiento, en la elegancia de estilo. La originalidad es cosa más honda: está en algo indefinidible, en un secreto encanto de la idea, en una idealidad sugestiva y misteriosa.(…) los escritores originales son todos sencillos, claros, desaliñados casi…porque sienten mucho. Cervantes, Teresa de Jesús, Bécquer…son incorrectos, torpes, desaliñados

-¿Qué fue de José Castro y Serrano?